La historia que el país no conoció

“(...) yo trabaja en el Noticiero 24 horas, mi jefe, Mauricio Gómez, me había dado toda la semana libre, empezando el lunes cuatro de noviembre, para atender citas, entonces yo el miércoles estaba terminando de arreglarme para ir al periódico EL TIEMPO donde tenía una cita, cuando a eso de las once  u once y quince de la mañana, me llamó y me dijo: “Suspendida su licencia, necesito que se regrese”, yo le dije: “Pero ¿qué pasó?”, me dijo: ‘el M-19 se tomó el Palacio de Justicia’ ". 

Por: Vanessa Valencia Ospina.

Por esa semana Olga Behar había sacado una licencia no remunerada para hacer la promoción de su libro Las Guerras de la Paz, ya que el ocho de noviembre sería su lanzamiento con parranda vallenata incluída en un hotel al norte de Bogotá, lugar en el que llevaría a cabo la celebración, que no tuvo nada de festiva, “parecía más un velorio que un lanzamiento de un libro, pero se le dio mucha importancia a ese momento”. Creían que era un momento para que la gente se reuniera, así que se realizó el lanzamiento, como estaba previsto, un día después del caos del seis y siete de noviembre de 1985, días en los que el trabajo en el comando central del noticiero dependía de las llamadas al Palacio, a la suerte de que alguien atendiera la llamada, entrevistar autoridades y buscar voces de analistas que ayudaran a explicar lo que sucedía. Todo se hizo una mezcolanza, en la que Olga temió por el éxito de su libro y sus días transcurrían en  Medicina Legal, a la espera del reconocimiento de los cadáveres, 

una declaración del director, cualquier indicio de esperanza para los familiares de los desaparecidos. Fueron días de angustia. Había más de cien cadáveres y algunas personas estaban en busca de sus seres queridos que creían eran militantes del ‘eme’, pero no sabían ni siquiera si habían entrado al Palacio de Justicia. El director de El noticiero de las 7, hizo un llamado para hacer una acción comunitaria: elaborar la lista de desaparecidos con la información que daban los familiares.

 

La semana siguiente aconteció la explosión del Nevado del Ruíz, un miércoles también, el cual intensificó el desastre en Medicina Legal con la llegada de más cuerpos, al igual que la situación de los periodistas que cubrían el proceso de paz de Belisario Betancur. La situación iba de mal en peor, Olga cada vez sentía más presión por su noticiero conservador, que apoyaba al Gobierno y militares. 

¡Escucha un fragmento del libro!

Dos días antes de la tragedia de Armero, dos guerrilleros del ‘eme’ que eran sus contactos habituales, fueron al noticiero a buscarla, porque la necesitaban urgente, “me hicieron agachar dentro del carro y me llevaron a un sitio que yo ubico por los lados del barrio  Kennedy, mucho edificios que hay por esa área del suroccidente de la ciudad, de Bogotá, y entré a un apartamento y me dijeron que esperara un momento en la sala, uno de ellos entró a una habitación y le escuché decir: ‘Mona, ya está aquí la periodista’. Uno de los muchachos la hizo pasar y le contó por qué la habían llevado, una de las guerrilleras de la toma había salido con vida y necesitaban saber cómo se había escapado, porque en todos los medios se decía que los treinta y cinco integrantes del M-19 fueron abatidos dentro del Palacio, la mujer se llamaba ‘Claudia’, al menos hasta ese momento Olga no sabía que su nombre era Clara Helena Encizo, era ‘La Mona’, ‘Claudia’; fue una sorpresa que esa mujer hubiese logrado salir viva, colándose en una fila de mujeres del Palacio que fueron liberadas y consiguió escaparse. Todos querían saber cómo habían sido las últimas horas dentro del Palacio, ya que ella estuvo en el baño de sangre junto a ‘Andrés Almarales’ hasta el final, pensaban que con las técnicas que tenían los periodistas para entrevistar y preguntar iba a alcanzar, pero ‘Claudia’ estaba conmocionada, necesitaba ayuda para controlar su delirio de persecución, “ella está aterrada pensando en que el Ejército la podía capturar, porque ahí a esas alturas se sabía lo que estaba pasando, estaban haciendo redadas” y había caído la casa donde había estado antes de la operación, sumada su depresión y angustia, sin embargo, accedió a la entrevista y Olga la abrazó, le dijo que no se preocupara y le explicó que solo quería conversar con ella, no haría una entrevista formal, pero estaba bloqueada y decía cosas como: “Yo no entiendo porque estoy viva si ‘Memo’ murió” y algunas vagas descripciones. No pudo proseguir con la entrevista, los muchachos le dijeron que esperaban confidencialidad de su parte y no era algo que debían pedirle para ella, era claro que no era una denunciante, sino periodista, por lo que guardar la identidad de su fuente era indispensable y lo más importante, sabía que si capturaban a ‘Claudia’, la desaparecían.

El treinta de noviembre de 1985, solo dos semanas después de la toma y retoma del Palacio de Justicia, Olga renunció al Noticiero 24 Horas, donde la censura y autocensura eran tan violentas que la única salida que encontró fue retirarse del medio, del que tarde o temprano iba a salir. Cuando su jefe recibió su renuncia le dijo: “Olga, yo creo que es lo mejor ¿sabe?, yo creo que es mejor si usted se va del noticiero”. Para la primera semana de diciembre planeó un viaje a Miami, donde vivía su hermana y dejó su apartamento en Bogotá a cargo de una amiga, sin embargo, por una corazonada Olga se fue a la casa de sus padres en Cali y el ocho de diciembre los militares allanaron su casa, tratando de vincularla con los hechos ocurridos en el Palacio de Justicia y con el M-19, asociado a que durante cinco años Olga cubrió orden público, por lo que el conflicto entre el Gobierno y el M-19 se encontraba dentro de su radar noticioso y sus fuentes regulares. Por ejemplo, en su área de trabajo escuchó el rumor de que la ruptura de los acuerdos de paz se venía con una operación grande, la gente imaginaba algo como lo que había pasado en el Palacio Legislativo de Nicaragua, pero nunca se pensó que tendría la magnitud de lo que sucedió. Después de aclarar 

que fue “una lamentable equivocación”, se pidieron disculpas públicas a Olga, a su familia y a la ciudadanía, luego viajó al Palacio de Nariño, donde el presidente, Belisario Betancur se sinceró con su situación: “aquí ya no hay garantías para el ejercicio pleno del periodismo, yo creo que lo mejor es que usted se vaya del país”. El quince de diciembre salió su vuelo hacia Estados Unidos y en su estadía por el país tuvo una reunión con un exgeneral de la república, uno de los de la cúpula que se encontraba allí. Fijaron un encuentro  en Washington y luego ella recibió un mensaje que no creía posible: “Olga, esto ya no tiene reversa y aquí ya el Presidente de la República no puede hacer nada, y usted además no va a encontrar trabajo, nadie le va a dar trabajo en Colombia en este momento”. En la misma situación se encontraban al menos diez de sus colegas, incluyendo al director de El noticiero de las siete, Juan Guillermo Ríos, por pasar la lista de desaparecidos. En  enero de 1986 Behar  se trasladó a México para rehacer su vida y trabajar como corresponsal, estar en algunos medios locales y encontrar allí, finalmente, el aliento que le faltaba para comenzar a escribir Noches de Humo

No fue hasta después de un año de su estadía en México que comenzaría a escribir un nuevo libro, pero uno totalmente diferente, de historias de otros exiliados latinoamericanos que había podido conocer en ese tiempo. Hizo una llamada a Montevideo, a su amigo Eduardo Galeano, para avisarle que iba a enviar una copia del libro por fax, “cuando yo veo que a los tres o cuatro minutos entra un fax y veo el cerdito dibujado (característico de él), (...) entonces, miro yo y hay un mensaje como de tres o cuatro minutos entra un fax y veo el cerdito dibujado (característico de él), (...) entonces, miro yo y hay un mensaje como de tres o cuatro renglones, y me dice: ‘Olga, muy buen libro pero ese no es el que tienes que escribir, tú tienes que escribir el libro del Palacio de Justicia’ ”. Su amigo estaba seguro de que todos iban a querer hablar, los familiares de los magistrados, de los guerrilleros, incluso los militares que no estuvieron de acuerdo con la retoma, había que buscar nuevamente a ‘Claudia’, no sabía cómo. Sin embargo, por esos días Antonio Navarro Wolff, guerrillero del M-19 viajaba frecuentemente entre México y Cuba, para recuperarse de la explosión de granada que le pusieron, así que Olga hizo el contacto con su secretario para que este la buscara. En esos días llegó a su casa y le dijo que necesitaba a Claudia Helena Encizo para hacer un libro. Él sabía que Laura Restrepo, escritora colombiana y amiga de Olga, también estaba detrás de Claudia y podía contactarla.

Así que le propuso escribir el libro “a cuatro manos”, que se convertirían más adelante en seis, ya que, Roberto Bardini, compañero de Laura y periodista argentino, con el que Behar también había estrechado su amistad, quería ser partícipe. Sin embargo, no se sintió conforme, “un argentino no va hacer la versión final de un libro sobre El Palacio de Justicia”, finalmente ellos declinaron la oferta para hacer un proyecto juntos y Olga quedó a cargo del tema del Palacio.

¡Escucha un fragmento del libro!

Consiguieron a ‘Claudia’, que ya se encontraba mucho mejor e inició un proceso de entrevistas muy abiertas, “las preguntas muy precisas, de detalles y eso procuraba no interrumpirla sino que yo las iba anotando y hacíamos unas pequeñas sesiones de una o dos horas cada semana, en la que yo esas preguntas puntuales que tenía, las resolvíamos”, ella era secretaria ejecutiva de profesión, por lo que escribía muy rápido, tenían seis casetes de una hora, así que se dividían el trabajo para desgrabar, duraron cinco días en las grabaciones y al sexto se respondían preguntas puntuales, descansan los domingos y el lunes revisaban el material, así durante un mes. También tenía otras fuentes como: el procurador Carlos Jiménez Gómez, el representante a la Cámara Alfonso Gómez Méndez, ambos ofrecieron documentación y Eduardo Maya Mendoza, abogado que reconstruyó los hechos del Palacio, que aportó expedientes judiciales y le hizo pensar que el hijo del presidente de la Corte, Yesid Echandía, sería una buena fuente también, con él trabajó dos días y fue más difícil que con ‘Claudia’, “él llegó un poquito a ciegas, pero logramos trabajar muy bonito, reconstruimos la vida del padre y como les digo siempre quedaban cosas y me las mandaba”.

En el exilio se dedicó un año a armar el libro y finalmente, en 1988, lo publicó. Aún recuerda rumores de un intento fallido de Álvaro Fayad, excomandante del M-19, por parar la operación de la toma del Palacio desde el monte por los planos que le encontraron a unos jóvenes y fueron capturados. No se sabe si el Gobierno sabía, Belisario Betancur nunca lo aclaró, aparentemente el Ejército conocía el plan y ejecutaron ‘la ratonera’, estrategia que consistía en encerrar a los guerrilleros y acabar con todo lo que había dentro.

 “Sin importar las intenciones que debe tener un estado de derecho de salvar las vidas y juzgar a los que resultan responsables, eso fue una masacre, la verdad, no solamente eso, sino que hubo desaparecidos y hubo manipulación de la escena del crimen, hubo toda una serie de irregularidades y de delitos que todavía están impunes, desafortunadamente, pero yo creo que cada vez es más clara la historia de lo que pasó, hemos podido entre muchos, entre ellos, los abogados y los mismos familiares de las víctimas y las víctimas mismas, han hecho un trabajo impresionante en estos más de treinta años para buscar la verdad”.

Para saber más de Olga Behar:

Escucha los podcast 

Voces del periodismo, La otra verdad,

 Nosotros las nuevas generaciones y

¿Qué es el conflicto armado?

Lee el reportaje

Una guerra en 

medio de la ciudad

klipartz_edited.png

Lee el perfil

De frente con la verdad

Volver a Crónicas

Lee La selva tiene respuestas